illegal alien

illegal alien

No fue una irrupción inesperada ni un arrebato solitario. Lo de Bad Bunny estaba en el aire. Otros artistas ya habían tensado el micrófono antes, habían rozado —con mayor o menor pudor— la política migratoria de Donald Trump, y habían señalado el comportamiento cada vez más ostensible de ICE. Era previsible. Cuando el poder insiste en hablar como si gobernara por decreto y patrullaje, el escenario termina funcionando como plaza pública. No por valentía repentina del pop, sino por acumulación: llega un punto en que callar deja de ser una opción elegante.

Trump no inventó el término illegal alien, pero lo desempolvó con la devoción de los autócratas clásicos por el léxico que ordena y separa. Hay en su retórica algo de manual antiguo: nombrar para deshumanizar, reducir para gobernar, repetir hasta que la palabra haga el trabajo sucio por la política. El alien no vota, no pertenece, no reclama. Es una figura útil para el poder que desconfía de la ciudadanía y prefiere la obediencia. ICE, en ese marco, no es solo una agencia: es el brazo visible de una gramática del miedo, una policía del lenguaje convertida en policía de cuerpos.

Por eso, cuando Bad Bunny dijo no somos aliens, no estaba improvisando una consigna: estaba corrigiendo una frase mal escrita por el poder. No negó una ley; negó una metáfora. Y al hacerlo, dejó en evidencia el truco: llamar alien a alguien es más barato que explicar por qué se le persigue.

La música popular ya había jugado antes con esa palabra, casi siempre desde una cómoda distancia. En los ochenta, Genesis creyó que podía convertirla en chiste. Illegal Alien nació como sátira burocrática y terminó como postal de mal gusto. El error no fue solo estético; fue moral. La canción no ridiculiza al sistema migratorio, ridiculiza al migrante. Y ahí la sátira se quiebra, como se quiebra siempre que confunde poder con caricatura.

No hubo disculpa solemne ni acto de contrición. No hizo falta. La cultura es más eficaz que los comunicados: simplemente decidió que esa canción envejeció mal, que pertenece a una época en que el pop confundía irreverencia con impunidad. El silencio posterior es su verdadera condena.

Entre ese pasado incómodo y el presente crispado, la frase de Bad Bunny opera como un corte limpio. No pretende ingenio ni ambigüedad. No hay acento fingido ni personaje. Hay una voz que dice: somos humanos. Lo elemental, lo que no debería ser necesario aclarar, vuelve a decirse porque el poder insiste en borrarlo.

El pop no va a derrocar gobiernos ni a cerrar agencias, pero a veces logra algo más modesto y más profundo: dejar una frase mal escrita en evidencia, mostrar su violencia, obligarnos a leerla de nuevo, y en tiempos de retóricas autoritarias —esas que siempre se presentan como sentido común—, no es poca cosa.

Comments

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *