El Cementerio oculto bajo Plaza Ñuñoa

El Cementerio oculto bajo Plaza Ñuñoa

Bajo el bullicio de cafés, restaurantes y edificios que rodean la actual Plaza Ñuñoa, yace un pasado silencioso del que pocos tienen memoria. Allí, donde hoy se cruzan vecinos, artistas y estudiantes, existió un antiguo cementerio colonial que albergó durante más de dos siglos los restos de vecinos, indígenas, esclavos y criollos del antiguo territorio de Ñuñoa.

El hallazgo no es una leyenda urbana. Fue documentado en 1953 en el libro Municipalidad de Ñuñoa: 58 años de vida comunal (1895–1953), donde se relata que, durante la demolición del antiguo templo parroquial —para construir el actual edificio inaugurado en 1925— los obreros encontraron numerosas osamentas humanas. Aquella aparición desconcertó a los vecinos, hasta que la revisión de los libros parroquiales aclaró el misterio: se trataba del cementerio original de Ñuñoa, utilizado desde fines del siglo XVII.

En los registros más antiguos del archivo parroquial, firmados por el cura Miguel Tuero, se leen testimonios que hoy estremecen por su sencillez y su valor histórico:

“A veintitrés de mayo de 1685, en la iglesia de Ñuñoa, enterré el cuerpo de Pedro, negro del Capitán don Juan de Abarca, de edad de más de ochenta años, de las provincias de Angola…”.
“En dieciséis de diciembre de 1685, enterré en la capilla de Ñuñoa a Lucía, india de quince años, hija legítima de Bartolo e Inés, indios de la encomienda de don Patricio de Toro…”.

Estos registros muestran que Ñuñoa —entonces una extensa zona rural que se extendía desde el cerro Manquehue hasta el río Maipo— fue un centro religioso y social de importancia, con entierros que incluían a esclavos africanos, indígenas y vecinos criollos. Los primeros entierros datan de 1685, casi un siglo antes de la creación de los cementerios públicos de Santiago y Valparaíso ordenados por Bernardo O’Higgins.

Con el paso del tiempo, el cementerio parroquial cayó en el olvido. Las sucesivas construcciones sobre el mismo terreno —la antigua iglesia, su reemplazo en 1925 y los edificios que hoy enmarcan la plaza— borraron toda huella visible de aquel camposanto. Solo los viejos libros de defunciones y las osamentas halladas entre los escombros recordaron su existencia.

Hoy, mientras la Plaza Ñuñoa vibra con vida cultural y nocturna, pocos imaginan que bajo sus cimientos reposan los restos de los primeros habitantes del valle, testigos anónimos de más de tres siglos de historia. Un patrimonio oculto que invita a mirar con otros ojos este espacio emblemático de la comuna: bajo sus adoquines y terrazas, late aún la memoria del Ñuñoa colonial.

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