Jugando con la Clon

Jugando con la Clon

Hubo una Navidad —la del 92— en que el futuro llegó a mi casa con forma de pasado. No era exactamente una Atari 2600 Jr., aunque se le parecía como esos primos que heredan la chaqueta del hermano mayor y la lucen con desparpajo. Era negra, baja, con esa franja plateada que prometía modernidad ochentera. Tenía la ranura al centro, cuatro interruptores arriba y una cifra en la caja que rozaba la exageración bíblica: casi 200 juegos.

Nosotros ya teníamos una Atari 2600. La original. La solemne. La que papá compró a comienzos de los ochenta con tres cartuchos que parecían reliquias: Pac-Man, Defender y Missile Command. Con eso aprendimos que la escasez agudiza el ingenio: Pac-Man podía ser una experiencia metafísica si uno lo jugaba suficientes veces; Defender, una prueba de resistencia moral; Missile Command, una clase temprana de geopolítica nuclear en píxeles gruesos.

Los cartuchos no eran baratos. Cada uno era una decisión financiera, casi una votación familiar. Por eso la consola nueva —ese clon misterioso que no decía Atari por ningún lado— era más que un regalo: era una liberación aritmética. De pronto, el catálogo entero parecía estar ahí, encapsulado en una sola carcasa.


Con los años supe que lo que había llegado esa Navidad no era una excepción chilena, sino parte de una diáspora electrónica que atravesó ferias persas, importadoras discretas y catálogos sin apellido. En Argentina circularon modelos como la Froggy Junior; en Chile algunos recuerdan la CVS Rambo; otros hablan de KingsWay. El mío no llevaba marca ilustre. Era, simplemente, “la Atari con muchos juegos”.

Técnicamente, estos clones eran un pequeño acto de ingeniería pragmática. Conservaban la arquitectura esencial: un 6507 —esa versión recortada del 6502—, el TIA para el video y sonido, el RIOT para memoria y entradas. Pero donde la Atari clásica dependía del cartucho como fuente soberana de código, el clon traía la biblioteca soldada en ROMs internas. Mediante bank switching —conmutación de bancos de memoria— la consola partía una gran ROM en porciones pequeñas y las iba activando según el número elegido en pantalla. El menú no era decoración: era el bibliotecario.

En algunos modelos tardíos, incluso, todo ese conjunto se comprimía en un único chip de 48 pines: Atari en pastilla. Una destilación industrial del ocio doméstico.


Recuerdo el ritual. Encender el televisor por RF, sintonizar el canal 3 o 4, ajustar la antena como si estuviéramos cazando una señal extraterrestre. Aparecía el menú: números, a veces títulos improbables, repeticiones disfrazadas. Uno aprendía pronto que “198 juegos” no equivalía a 198 obras maestras. Había clones del mismo clon, como Tom Boy de Pitfall, variaciones mínimas, juegos que eran el mismo pero con la paleta invertida. Y, sin embargo, la abundancia era real. Era una biblioteca de barrio, con estantes desordenados y joyas inesperadas.

Lo notable es que la ranura de cartucho seguía ahí, digna y funcional. El clon respetaba la ilusión de continuidad histórica: podías insertar el viejo Pac-Man original si querías. Como si la consola dijera: no soy tu Atari, pero tampoco soy su enemiga.


He leído foros, desarmados, testimonios de quienes encontraron serigrafías taiwanesas en la placa, importadoras que traían lotes completos a fines de los 80 y comienzos de los 90. Taiwán no era un detalle exótico: era parte del circuito normal de fabricación electrónica global. Incluso Atari había producido allí versiones oficiales. Los clones simplemente ocuparon el espacio que dejó el repliegue de la marca en mercados periféricos. Donde había demanda y televisores con entrada RF, habría una consola lista para enchufarse.

La nuestra llegó en 1992, cuando el mundo ya hablaba de 16 bits y gráficos que parecían televisión. Pero en nuestro living, esa pequeña caja negra fue una revolución. No por la potencia —que era la misma de siempre— sino por la promesa de infinitud. Pasamos de tres cartuchos cuidadosamente rotados a una marea de opciones.

Y lo curioso es esto: la alegría no estaba en la fidelidad de marca. No importaba que no fuera “Atari” en tipografía oficial. Lo que importaba era el sonido áspero del TIA, el joystick rígido, la competencia fraterna por ver quién sobrevivía más tiempo. El clon democratizó el asombro.

Hoy, cuando veo fotografías de esos modelos “32-in-1”, “64-in-1”, “200-in-1”, todos con la misma carcasa heredada de la Jr., entiendo que fueron algo más que piratería simpática. Fueron la adaptación sudamericana de una industria global en retirada. Un eco tardío del auge original, empaquetado para hogares donde cada cartucho seguía siendo un lujo.

La Navidad del 92 no nos trajo el futuro. Nos trajo una multiplicación del pasado. Y a veces, en la historia íntima de la tecnología, eso basta.

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