Ni facho ni comunacho

Ni facho ni comunacho

2.552.649 millones de chilenos marcaron en la papeleta un nombre que, en teoría, no es “ni de izquierda ni de derecha”: Franco Parisi, el economista a distancia, el candidato de la gente que vuelve a instalarse tercero en la presidencial chilena, disputando votos a ambos polos ideológicos. Según relató estos días El País, el líder del Partido de la Gente (PDG) se consolida como el “populista que nuevamente sorprende” en la elección, dejando a la izquierda de Jeannette Jara y a la derecha de José Antonio Kast peleando por su caudal de votos.

En otro punto del mapa, miles de jóvenes mexicanos —muchos nacidos después de 1997— marchan bajo la etiqueta “Generación Z” en distintas ciudades del país. Llevan banderas pirata de One Piece, celulares en alto y una consigna difusa pero contundente: hartazgo frente a la violencia, la corrupción y la clase política en bloque. Reuters describió cómo estas protestas, gatilladas por el asesinato del exalcalde de Uruapan, Carlos Manzo, se multiplicaron el 15 de noviembre, con choques con la policía y más de un centenar de heridos.

A simple vista, son dos historias distintas: una elección más en Chile y una protesta más en México. Pero si las miramos con lupa, ambas apuntan a lo mismo: la caída de los grandes metarrelatos políticos —esa vieja comodidad de ubicarse “a la izquierda” o “a la derecha”— y la emergencia de un lenguaje distinto, hecho de desconfianza, plataformas digitales y una rabia que ya no se deja encasillar.

El voto Parisi: “ni de izquierda ni de derecha”, pero muy político

Cuando en 2021 Franco Parisi obtuvo casi el 13% de los votos presidenciales sin pisar Chile, muchos analistas lo trataron como una anomalía momentánea. CIPER habló entonces del “candidato de la gente” y subrayó que su votación fue la gran sorpresa de la elección, alimentada por un discurso antiélite, promesas económicas directas y una campaña hiperconectada en redes sociales.

Pero el fenómeno se consolidó. Investigadores del Centro de Estudios Públicos (CEP) describieron al Partido de la Gente como la colectividad con más militantes formales de Chile, compuesta mayoritariamente por personas sin experiencia partidaria, organizada en una compleja estructura de “democracia digital” (votaciones online, grupos de WhatsApp, lives constantes) y con una “pretensión de ausencia ideológica” explícita: decir que no son ni de izquierda ni de derecha, sino “de la gente”.

Otro informe del mismo centro, dedicado al populismo en Chile, usa la campaña de Parisi como ejemplo de algo más profundo: la desarticulación de los partidos tradicionales como mediadores legítimos de la voluntad ciudadana y la promesa de mecanismos de democracia directa, encuestas permanentes y consulta continua a las bases digitales.

En paralelo, ciencias sociales chilenas vienen registrando hace años una caída sostenida en la identificación con partidos y coaliciones. Un trabajo de Manuel Bargsted y otros investigadores —difundido por la Universidad Católica— muestra cómo la autoubicación en la clásica escala izquierda–derecha se vuelve cada vez más difusa, sobre todo entre jóvenes, y cómo crece la categoría “ninguno” cuando se pregunta por afinidades partidarias.

Parisi entra justo por esa grieta: ofrece una identidad política que no pasa por la ideología, sino por la experiencia subjetiva de sentirse estafado por la élite. Su “metarrelato” no es el socialismo ni el libre mercado, sino la oposición entre “la gente” y “los de arriba”. Es una narrativa más corta, más emocional y tremendamente funcional a la lógica de redes sociales.

La marcha Z en México: contra todos y contra ninguno

En México, el fenómeno se ve más ruidoso, literalmente en la calle. La llamada “marcha de la Generación Z” del 15 de noviembre reunió a miles de personas en Ciudad de México y otras ciudades bajo una consigna amplia: protesta contra la inseguridad, la crisis del sistema de salud y la corrupción del Estado.

Reuters y The Guardian coinciden en que la chispa fue el asesinato del exalcalde de Uruapan, Carlos Manzo, figura ligada a la lucha contra el crimen organizado, y que el movimiento utilizó símbolos pop —en particular la bandera pirata de One Piece— como emblema de una generación que se define por memes antes que por siglas partidarias.

La propia presidencia mexicana ha cuestionado la autenticidad del movimiento, insinuando que estaría impulsado por empresarios como Ricardo Salinas Pliego y por campañas digitales coordinadas, un punto que han retomado medios como Multimedios, cuya central de datos identificó patrones de bots, cuentas pequeñas y hashtags coordinados en la convocatoria.

Aquí también se repite el patrón: no es una marcha “de izquierda” contra un gobierno de derecha ni al revés. Es una protesta desde una generación que creció viendo que gobiernos de todos los colores prometían seguridad, bienestar y futuro… y que hoy siente que ninguno cumplió.

El derrumbe de los metarrelatos: cuando izquierda y derecha dejan de ordenar el mapa

Lo que conecta la votación de Parisi en Chile con las protestas Z en México no es un programa político concreto —no lo hay, o es contradictorio—, sino la sensación compartida de que los viejos mapas ya no sirven.

Desde hace años, estudios sobre juventudes latinoamericanas muestran que los jóvenes se sienten defraudados no por un sector específico, sino por “la política” en general. Un reportaje de Americas Quarterly a jóvenes de distintos países recogía una frase que se repite: “Toda la clase política, de izquierda o derecha, fracasó en cumplir su promesa de sociedades más justas; nuestra paciencia con los políticos —y quizás con la democracia— se está acabando”.

Éstas movilizaciones apuntan a “crisis socioeconómicas y ambientales de largo plazo, causadas por décadas de neoliberalismo”, pero advierte que tienden a ser cooptadas por élites políticas tradicionales que intentan reutilizar su energía para proyectos viejos.

En América Latina, además, la llamada “nueva polarización” no se ordena solo en torno a políticas económicas, sino por fracturas identitarias, culturales y territoriales. Los conflictos ya no son simplemente Estado vs mercado, sino “pueblo vs élite”, “ciudad vs periferia”, “seguridad vs derechos”, “creyentes vs laicismo”, temas que atraviesan izquierda y derecha de maneras a veces contradictorias.

En Chile, el PDG de Parisi explota precisamente ese espacio: promete bajar impuestos, defender emprendedores, apoyar ayudas directas del Estado, castigar a “políticos flojos” y, entre medio, lanzar propuestas difíciles de encuadrar en un eje clásico. La ideología se reemplaza por la promesa de gestión eficiente y por la sensación de cercanía digital: transmisiones en vivo, encuestas instantáneas, un lenguaje coloquial, casi de grupo de Facebook.

En México, la marcha Z hace algo parecido, pero por la vía negativa: no ofrece un nuevo proyecto de país, ofrece un “ya basta”. La consigna común es el rechazo al estado de cosas, más que la adhesión a una alternativa ideológica clara. La gramática de la protesta es emocional, estética, memética, antes que programática.

Redes, bots y autenticidad: política en clave plataforma

Otro hilo en común es que tanto Parisi como la marcha Z son fenómenos nativos de la lógica plataforma.

En el caso chileno, los estudios del CEP y de otros centros han destacado que el PDG se construyó casi por completo sobre redes sociales: grupos de Facebook, WhatsApp, transmisiones en YouTube, encuestas en línea. La militancia territorial viene después; lo primero es la comunidad digital, con una “democracia directa” mediada por plataformas privadas.

En México, los análisis sobre la “coreografía digital” de la marcha de la Generación Z subrayan exactamente lo mismo, pero en clave de sospecha: campañas de hashtags coordinados, cuentas de baja actividad amplificando mensajes, influencers promoviendo la marcha, e incluso acusaciones de financiamiento empresarial.

Lo interesante es que, en ambos casos, la sospecha sobre la “autenticidad” del fenómeno convive con un malestar muy real. Que haya bots no significa que no haya rabia; significa que la rabia busca canales, y que esos canales están hoy mediadas por algoritmos, empresas tecnológicas y actores que intentan capturar esa energía.

Los sociólogos que estudian protestas juveniles desde la pandemia describen a las grandes ciudades como “ollas a presión” donde las redes sociales funcionan como tapas que vibran y silban: dejan escapar vapor, pero también pueden desviar o intensificar la explosión. Un artículo de la Revista de Estudios Políticos y Estratégicos, de la UTEM, habla de estas dinámicas en clave de “protestas post-COVID” y distingue entre millennials y Gen Z en su relación con el mensaje político y los medios.

Parisi y la marcha Z pertenecen a esa misma ecología: sin redes, no existen; pero tampoco se reducen a ellas.

Después del derrumbe: qué hay cuando ya no crees en los grandes relatos

Jean-François Lyotard habló hace décadas de la “incredulidad hacia los metarrelatos” para describir un mundo que ya no se ordena en torno a grandes historias de salvación —el progreso, la revolución, el mercado, la nación— sino en pequeños relatos locales, fragmentarios, muchas veces contradictorios.

Parisi es, en versión chilena, un político para la era postmetarrelatos: no ofrece una narrativa coherente sobre el capitalismo o la justicia social, ofrece respuestas rápidas a agravios muy concretos —la deuda, el costo de la vida, la desconfianza en la élite— y un envoltorio sentimental donde “la gente” se encuentra a sí misma contra “ellos”. Su electorado es ideológicamente heterogéneo, pero emocionalmente parecido: descreído, desconfiado, cansado de escuchar promesas de izquierda y derecha que no se cumplieron.

La marcha de la Generación Z mexicana es el equivalente callejero de esa incredulidad: no se ordena en torno a un programa, sino a un hartazgo transversal. Jóvenes que crecieron con gobiernos de distintos signos, todos incapaces de frenar la violencia criminal, las desigualdades extremas y la precariedad vital, ya no encuentran sentido en la vieja disputa partidaria. Lo que cuestionan es el sistema completo, desde la policía hasta los empresarios, pasando por los partidos.

Los estudios sobre juventud latinoamericana advierten que este combo —desafección partidaria, polarización emocional y precariedad material— es explosivo: puede traducirse en nuevas formas de compromiso democrático o en un repliegue cínico, incluso autoritario. Un trabajo reciente sobre Brasil muestra cómo la polarización y el desencanto afectan la relación de los jóvenes con la democracia, moviéndolos entre la protesta y la tentación de “un líder fuerte” que ponga orden.

Ahí aparece la pregunta incómoda: ¿la caída de los metarrelatos abre espacio para una política más honesta, menos doctrinaria, o nos deja a merced de plataformas, algoritmos y figuras carismáticas que llenan el vacío a punta de likes?

Por ahora, lo que vemos es que, tanto en Chile como en México, una parte importante de la ciudadanía —especialmente jóvenes— ya no se siente representada por las viejas etiquetas. Parisi capitaliza esa incredulidad en la urna; la Generación Z mexicana la convierte en marcha masiva. En ambos casos, el mensaje es el mismo: “No creemos en sus grandes historias, pero la nuestra todavía no la tenemos del todo clara”.

Y eso, para las democracias latinoamericanas, no es un detalle: es el escenario en el que se jugará la próxima década.

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