A principios de 1784, en las riberas de lo que entonces era la vasta laguna de Tagua Tagua –hoy drenada y convertida en terrenos agrícolas–, apareció en los periódicos, grabados y redes de correspondencia europeas un relato singular: un monstruo acuático, alado, con dos colas y gran apetito por el ganado. Esta criatura, a la que se denominó “el monstruo de la Laguna de Tagua Tagua”, no figura únicamente como pieza de folklore local chileno, sino como un curioso ejemplo de cómo ciencia, mito y medios de comunicación emergente se entrelazaron a finales del siglo XVIII.
La laguna de Tagua Tagua estaba ubicada cerca de la actual comuna de San Vicente de Tagua Tagua, en la Región de O’Higgins. Se extendía en una cuenca de unos 13 km de largo por 9-10 km de ancho, con una profundidad promedio de alrededor de 5 m, y cubría hasta más de 3 100 hectáreas en épocas lluviosas. La laguna fue drenada durante la década de 1830 para convertir el lecho en tierras agrícolas.
Este entorno ofrecía un escenario ideal para el surgimiento de leyendas: aguas someras, islotes flotantes (“chivines”) que podían mover ganado, y un paisaje que alternaba pantanos, humedales y bosques.
La narrativa, tal como fue recogida por cronistas, grabadores e impresores europeos, es rica en detalles sensacionalistas: según una mano anónima, “apareció a principio de este año 1784 en la laguna de Tagua… hasta que con mucho silencio le esperaron cien hombres con bocas de fuego y le cogieron vivo”. Se describe al animal con dos colas (una de ellas en forma de flecha para dar muerte), cuerpo escamoso, alas parecidas a las de un murciélago, grandes astas, melena que caía al suelo y una boca tan ancha como la cara.

Quizás lo más interesante es cómo este relato saltó del ámbito local rural chileno a los grabados parisinos, artículos impresos en Inglaterra y Francia, y a debates sobre monstruos, fauna exótica y «el Nuevo Mundo». La historiadora Morgana Lisi identifica que el botánico español José Celestino Mutis recogió notas manuscritas sobre la criatura que hoy se guardan en el Archivo del Real Jardín Botánico de Madrid.
Además, el 16 de octubre de 1784 un aviso en el Journal de Paris anunciaba la venta de un grabado titulado Description d’un Monstre symbolique … envoyé par un négociant du pays à un Parisien son ami que afirmaba que la bestia había sido capturada en Chile, llevada a España y mostrada al rey.
Este relato se enmarca en la “primera globalización del monstruo”: imágenes impresas en Europa que representaban lo que se consideraba “exótico”, “amaricano” o “maravilloso”. En sus propias palabras, Lisi habla de este caso como “la circulación de imágenes y ideas en el mundo atlántico del siglo XVIII”.
Desde el siglo XX y XXI, los investigadores han considerado este relato no como un testimonio zoológico auténtico, sino más bien como un cruce de tres factores:
I. Realidades del humedal. En la laguna existían los llamados “chivines” —islotes flotantes de raíces que podían sostener el peso del ganado—. El ganado que se posaba sobre ellos quedaba a deriva en el agua, y la confusión nocturna facilitaba relatos de desapariciones misteriosas.
II. Memoria de fauna extinta o desconocida. El sitio de Tagua Tagua fue también un yacimiento paleontológico donde se encontraron restos de mastodontes, caballos americanos y ciervos extinguidos. Estas huellas antiguas pudieron alimentar la imaginación colectiva de criaturas “gigantescas” o “monstruosas”.
III. Medios, circulación y desinformación. Los grabados, los avisos de prensa y las cartas manuscritas del siglo XVIII funcionaban también como formas de entretenimiento, de propaganda cortesana o de autosatisfacción de la curiosidad europea sobre lo “maravilloso” del Nuevo Mundo. Como señala un artículo en La Tercera, este relato ha sido vinculado por el historiador Robert Darnton al fenómeno temprano de lo que hoy llamaríamos “fake news”.
El “monstruo de la laguna de Tagua Tagua” no necesita convertirse en literal bestia para conservar relevancia. Su valor está en la intersección entre espacio natural y humano, mito y ciencia, localidad y mundo global. Cuando abrimos los archivos de Madrid, de París o de San Vicente, vemos que lo que aparecía como un engendro fantástico era también un espejo de nuestras ansiedades: la conquista, el humedal peligroso, el ganado perdido, lo que no entendemos del otro.










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