Anoche vi junto a Pilar, Frankenstein de Guillermo del Toro, y al terminar me quedé con una resonancia sobre la muerte, sobre nuestra forma de mirarla y sobre lo que quizá en otro tiempo se entendía por morir bien, con solemnidad, con poesía.
Me gustó la obra en su totalidad: encontró un tono que, sin extravagancias, se encargó de la anatomía y la memoria, del cuerpo fragmentado y la creación. Pero lo que más me conmovió fue un pensamiento fugaz: tratar de alcanzar ese ethos decimonónico de la muerte —no para ensalzarlo, ni para juzgarlo sino para comprenderlo— y advertir que, en nuestro tiempo, es prácticamente imposible abrazarlo tal cual fue.
En el siglo XIX la muerte tenía una carga simbólica que hoy cuesta recuperar. Se la concebía no sólo como final, sino como tránsito, ritual, presencia. Un artículo que leí recientemente, escrito por Lara López Millán para The Conversation lo señala con claridad: «la “muerte romántica” no se limitaba a la desaparición física, sino que representaba una conexión con lo infinito, lo trascendental y lo eterno». Además, las prácticas sociales lo evidencian: la fotografía de difuntos, aquel germen tan extraño para nosotros, mostraba cuerpos que aún hablaban, cuerpos que posaban para quedarse, como se refleja en La fotografía de difuntos del siglo XIX como reflejo psicosocial e intelectual de una época.
Hace poco en Chile nos dejó el gran actor Tito Noguera, y al pensarlo me imaginaba ¿y si le hubiesen extraído su corazón para adorarlo?. Hubiese sido un acto -primero- ilegal, barbárico y escandaloso. Pero quizás no hace doscientos años.
Y es verdad: en nuestra historia chilena tenemos ejemplos precisos de ese otro modo. Los corazones de los oficiales Ignacio Carrera Pinto, Arturo Pérez Canto, Julio Montt Salamanca y Luis Cruz Martínez —todos muertos heroicamente en el combate de Batalla de La Concepción durante la Guerra del Pacífico— fueron extraídos, preservados y depositados como reliquias de una epopeya. Ese gesto habla de un vínculo intenso, casi místico, entre cuerpo, memoria y nación.
Entonces pensé: ¿qué nos impide hoy residir en esa forma de morir, o de contemplar la muerte, como algo que estremece, que interroga, que nos atraviesa? Durkheim plantea que el suicidio y la muerte se vuelven objetos de estudio social precisamente cuando la muerte deja de ser un misterio colectivo y se convierte en un hecho individualizado, administrado. En la modernidad tardía, la muerte ya no se contempla como parte de un rito mayor, sino que se gestiona, se prepara, se esconde.
La filosofía romántica aportó también una clave: la naturaleza como símbolo, el individuo frente al abismo, la idea del «sublime» que lo traga todo. En ese marco, morir “bien” podía significar ofrecerse al mundo, dejar una huella que trascendiera, y no solamente fenecer. Hoy, ese horizonte se ha difuminado.
Pero no lo digo con juicio: no creo que aquello fuera mejor. Me limita, eso sí, que ya no podamos sostener ese tipo de muerte, aunque nos guste imaginarlo. Y el cine, la cultura, la sociedad lo intentan ocasionalmente, pero no pueden recrear completamente aquel modo de sentir. La película que vi se acerca, roza esa poética: pero sé que no es lo mismo.










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