En el silencio que precede al estallido jubiloso del finale de su Decimosexto y último Cuarteto de cuerdas, Ludwig van Beethoven inscribió una de las más enigmáticas y resonantes epifanías de la historia de la música. Bajo las primeras líneas del pentagrama, la tinta traza una interrogación y su respuesta fulminante: «Muß es sein? – Es muß sein!» («¿Ha de ser? – ¡Ha de ser!»).
Esta no era una mera anotación, sino la clave de bóveda de toda la obra, a la que el genio de Bonn bautizó, no por casualidad, «Der schwer gefaßte Entschluss» («La difícil decisión»). En borradores previos, la lucha interna se revela con aún más crudeza: «Der gezwungene Entschluss» («La decisión forzada») o «Der schwere, harte Entschluss» («La pesada, dura decisión»). La frase final, sin embargo, trasciende la angustia para culminar en una aceptación casi fatalista, y ha alimentado un siglo de especulaciones.
Lejos de nacer en el éter del puro pensamiento, las dos versiones más verosímiles—y deliciosamente terrenales—sobre el origen de esta máxima nos llegan a través de dos figuras cercanas al compositor, y hunden sus raíces en lo mundano, tejiendo una anécdota cotidiana en la trama de la inmortalidad.
La Versión de Schindler: La Cuestión Doméstica
La primera nos llega de la mano—y quizá de la imaginación—de Anton Felix Schindler. Su relato, a menudo cuestionado por los estudiosos por su tendencia a la mitificación, pinta una escena doméstica y recurrente. Cada sábado, la señora Schnaps, ama de llaves del maestro, libraba la batalla semanal contra la feroz concentración de Beethoven. Su misión: interrumpir al titán para procurarse los fondos para los gastos de la casa. Tras lograr, por fin, captar su atención, el compositor gruñía la inevitable pregunta: «Muß es sein?» («¿Tiene que ser?»). A lo que ella, impertérrita, respondía: «Es muß sein!» («¡Tiene que ser!»).
Este pequeño ritual sabatino, con el tiempo, se adornó con gestos y cantos, transformándose en una broma privada e infaltable. Schindler incluso alega haber visto, en un cuaderno de cuentas de finales de junio de 1823, una nota escrita por la propia señora Schnaps: «Hoy es sábado y necesito dinero. – Es necesario [Es muß sein!]». Una exigencia burocrática, elevada a motivo musical filosófico.
La Versión de Holz: El Canon del Bolsillo
La segunda historia, quizá más creíble por provenir de su amigo y confidente Karl Holz, tiene un tono más picaresco. Un cierto Ignaz Dembscher, funcionario del Ministerio de Guerra, había faltado al estreno del Decimotercer Cuarteto. En vez de mostrar pesar, se jactaba de haber conseguido el manuscrito para tocarlo en privado en su salón. Beethoven, furioso por tal desdén, decretó que no prestaría la partitura hasta que Dembscher pagara 50 florines por su desaire.
Enterado del ultimátum, el funcionario, consternado, preguntó: «Ob es sein muß?» («¿De verdad tiene que ser?»). Holz relata que, ante la pregunta, Beethoven estalló en una carcajada monumental y gritó: «¡Es muß sein! ¡Es muß sein!». La chispa del incidente encendió su ingenio, y al instante compuso un canon humorístico a cuatro voces que Holz se encargó de preservar: «Es muß sein! Ja. – Es muß sein! Ja. – Es muß sein! Ja. – Heraus mit dem Beutel!» («¡Ha de ser! Sí. – ¡Ha de ser! Sí. – ¡Ha de ser! Sí. – ¡Saca la bolsa! – ¡Sácala! – ¡Ha de ser! Sí»).
Y he aquí el prodigio: ese motivo jocoso, nacido de un altercado por dinero y un reproche social, fue transfigurado por el alquimista de Bonn. La misma célula musical del canon—el imperioso «Es muß sein!»—se convirtió en el tema central, noble y triunfal, que impulsa el finale de su última gran obra. La exigencia de un acreedor y la queja de un cortesano avaro se fundieron en el crisol de la genialidad para forjar una de las afirmaciones más poderosas y conmovedoras jamás escritas.
La necesidad, en todas sus formas—la doméstica, la económica, la fatal—fue, al final, la musa que susurró las últimas notas. Y la respuesta del maestro, resonando through los siglos, fue siempre la misma: un sí monumental, irrevocable y gozoso. Es muß sein!










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