-¡Quién eres!..¡Qué quieres de mí!
-Soy Alicia.
Simplemente dijo “Soy Alicia”. Sabía que tarde o temprano llegaría este día, por eso cuando dijo su nombre, El Silencio se desparramó por la sala, las anexas, y algunos kilómetros adyacentes.
Las cosas estaban más complicadas de lo que cualquier amateur podría observar. Al subir las escaleras y llegar a este piso, que practicamente no ha cambiado nada en cien años, supe inmediatamente que Alicia llegaría a saludarme. Nunca en mi vida había estado en este piso, pero solo en esta insulsa vida. Inmediatamente reconocí tras las descascaradas capas de pintura y estuco el verde acuoso que reinó en aquellos pasillos. Se llamaba Alicia.
Tomé mi celular y saqué una foto, pero estas estupideces modernas no logran captar lo que nuestros ojos ven. Puertas, Sillas, algunas luces artificiales, pero ¡Dónde están estos alumnos de la clase de anatomía y ese de allá que con empaque monolítico se presta a dictarla!
El camillero que está en la zona más iluminada es el amigo de todos. Sé que Alicia le quiere, pero no lo sincerará una vez que pasemos a las preguntas intrascendentes. Se llama Marco o Marcos, disculpa mi imprecisión. Es el gañán del pabellón. Siempre activo, servicial y de una sonrisa inagotable, la que cada día cuelga junto a su abrigo al entrar a su casa.
-Marcos, yo te quiero como amigo.
Aquella fue su sentencia de muerte.
Lo supe desde el momento en que mis manos temblorosas no dejaban cruzar el primer botón por el ojal de mi bata blanca.
Dos o tres veces llamé a Alicia, pero por la sala y las anexas se comenzó a recoger El Silencio. Una vieja gorda se reía a destajo junto a su hija. ¿Qué cosa tan chistosa puede salir de un hospital?











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