Hay canciones que vuelven oliendo a cuaderno nuevo, a uniforme escolar, a esa transpiración adolescente que ningún desodorante conseguía domesticar. Otras regresan con el polvo de un país entero. Canción de septiembre, de Congreso, tiene ambas fragancias: la de mi último año de colegio, en 1997, y la de aquel Chile noventero, recién maquillado de democracia, que todavía guardaba el retrato del dictador en el cajón del velador. Sus acordes me llevan a Santa Filomena, Loreto, Dardignac; fachadas continuas, jumpers, la autopsia a un extraterrestre que resultó ser falsa.
Los acordes provienen del disco Por amor al viento, grabado en 1995. Pero mi memoria, tan irresponsable con los calendarios como rigurosa con ciertas emociones, la instaló definitivamente en 1997. El año en que el CD se rayaba en mi equipo.
Vivía con mis papás y mi hermano. Por entonces jóvenes, ágiles, resolviendo esa maquinaria doméstica que uno cree que funciona por alguna inexplicable ley de la naturaleza. Hoy los miro, ya viejos, y me resulta casi obscena la velocidad con que el tiempo les fue quitando aquella energía. Entre ambas imágenes hay treinta años que nadie me consultó si estaba dispuesto a entregar.
Estaba y duramos hasta 1998 con la Isabel. Siempre he pensado que perdí el tiempo con ella, aunque la vida tiene esa desagradable costumbre de no mostrar las rutas alternativas. Quizá habría terminado en otra parte, siendo otra persona. Tal vez más feliz. O bastante más imbécil. El destino no entrega informes comparativos.
Eran los noventa, esos años empaquetados en papel celofán, con la alegría de Tironi televisada y el futuro en cómodas cuotas comerciales. La Concertación administraba la democracia con el cuidado de una dueña de casa que recibe visitas y teme que alguien rompa la cristalería. Pinochet seguía comandando el Ejército, los senadores designados ocupaban sus asientos sin haber conquistado un voto y la Constitución de 1980 conservaba sus cerraduras bien aceitadas.
Recuerdo que era un encanto tener televisión por cable. Salir de la televisión abierta parecía una pequeña fuga del encierro nacional. Uno cambiaba de canal y descubría que la verdad también tenía problemas de traducción. En CNN hablaban del dictador Pinochet; aquí todavía se escuchaba, con una reverencia casi litúrgica, aquello del ex presidente Pinochet. Como si el cargo protocolar pudiera pasarle una esponja por encima a diecisiete años de historia.
Incomodaban los ternos, los peinados correctos, la solemnidad de esos adultos que confundían la responsabilidad con hablar bajito. Queríamos otra respiración. Y allí estaban Los Tres, desempolvando guitarras; Lucybell, con sus neblinas eléctricas; Javiera y Los Imposibles, mezclando el pop con una sensualidad que se escapaba de los buenos modales a pocos metros de donde yo participaba de mi taller de diagramación en Balmaceda 1215. Del norte llegaban Nirvana, Pearl Jam y las guitarras heridas de una generación poco convencida de las promesas del éxito.
Sabía que estudiaría Publicidad, pero la decisión me apabullaba. Cómo te preguntan qué harás el resto de tu vida cuando apenas has aprendido a decidir qué hacer el sábado por la tarde. Se terminaba el colegio, venían personas nuevas, escenarios desconocidos, una multitud de caminos que se agolpaban frente a mí como un edificio enorme sin señalética.
Ella estudiaba inglés. Él, francés. Un clavel rojo, un Manifiesto, los Beatles y los trabajos voluntarios componían esa deliciosa mezcla de romanticismo y revolución que hoy provocaría urticaria en algún gerente de recursos humanos. Una generación que todavía imaginaba posible cambiar el mundo sin presentar primero un proyecto a un comité evaluador.
Aparecen Víctor Jara, la lluvia y una calle que ya no parece tan inocente. El calendario chileno ensombrece a esos jóvenes que apenas aprendían las gramáticas del amor y la política. La canción no necesita discursos ni proclamas: deja que la tragedia entre por la puerta de una historia sentimental, porque los grandes desastres también destruyen cosas pequeñas. Un encuentro, una conversación, el beso que no alcanzó a ocurrir.
Y mientras esa memoria desgrana sus pérdidas, Jorge Campos se despacha un bajo de una insolencia deliciosa.
Fibroso, saltarín, con ese nervio funk que asociábamos a Flea, de Red Hot Chili Peppers. Aunque Campos no necesitaba importar rebeldías californianas: venía del jazz y la experimentación, donde el bajo podía discutir de igual a igual con la melodía. No acompaña como secretario aplicado. Se entromete, contradice y empuja los muebles.
Tilo González, entretanto, levanta una maquinaria rítmica que parece desconfiar de los caminos rectos. Su batería no marcha: conversa. Los tambores cambian de dirección, abren pasillos y salpican los arreglos. Congreso conoce la tentación del virtuosismo excesivo, pero aquí toda esa sofisticación sirve para sostener una historia profundamente humana.
Quizá por eso me seducía tanto.
Porque aquel Chile de mis últimos días de colegio tenía una habilidad extraordinaria para vendernos la modernidad sin modificar ciertos modales del pasado. Había computadores, centros comerciales, publicidad reluciente y una economía que nos invitaba a consumir el porvenir. Hasta la rebeldía tenía su estantería: uno podía comprar una polera contestataria y pagarla con la tarjeta de crédito de papá.
Y qué ironía para alguien que estaba por estudiar Publicidad. Mientras comenzaba a sospechar que el mercado podía envolver cualquier cosa, incluso la inconformidad, me preparaba profesionalmente para aprender el oficio de envolverlas.
No quiero idealizar aquella década. Había música extraordinaria y bastante basura, libertades nuevas y prejuicios antiguos. Pero algo se movía bajo esa superficie bien peinada: una generación intentaba sacudirse los restos de una educación autoritaria mientras descubría que el mercado también fabricaba sus propias jaulas, más luminosas y con mejor música ambiental.
Han pasado casi treinta años. Los ternos cambiaron de corte, las corbatas se aflojaron y los administradores del país aprendieron a parecer más jóvenes. A veces hasta se presentan con zapatillas y discursos cuidadosamente informales. La modernidad también perfeccionó sus disfraces.
Y allí sigue la canción. El bajo de Campos sacudiendo las costuras, las percusiones de Tilo desordenando el calendario y la voz de Sazo rescatando a dos enamorados de un septiembre que les cambió para siempre el paisaje.
Quizá eso sea lo que más me conmueve: que una canción sobre la juventud de otros termine devolviéndome la mía, con sus errores domésticos, sus temores y sus pequeñas felicidades.
Todavía puedo ver a mis papás jóvenes. Todavía siento la incertidumbre de aquel último año de colegio. Todavía reconozco al muchacho incómodo entre peinados correctos y verdades heredadas, mirando de reojo los modales de un país demasiado satisfecho con su nueva apariencia.
En creer que teníamos todo el tiempo del mundo, mientras septiembre 30, silencioso y maleducado, ya comenzaba a llevárselo.




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