El tren de las 13:50 y la ciudad que cambió de tiempo

Había pasado el fin de semana largo en Yerbas Buenas, visitando a mis padres. El martes tocaba volver. Tomé el tren de las 13:50 hacia Santiago con esa sensación bastante mecánica que tienen los regresos: dejar atrás el campo, mirar por la ventana cómo el paisaje se va urbanizando y empezar, sin demasiado entusiasmo, a ordenar mentalmente lo que viene después. En mi caso, clases entre las siete y las diez de la noche.

Mientras el tren avanzaba hacia la capital, sin embargo, Santiago estaba convirtiéndose en otra cosa.

Cuando llegué, la ciudad acababa de atravesar una de esas horas que alteran por completo su metabolismo. Había llovido con una violencia difícil de reconciliar con octubre. Había granizado hasta blanquear calles y jardines. Había pasos bajo nivel inundados, estaciones de Metro con accesos cerrados, semáforos apagados, avenidas transformadas por algunos minutos en cursos de agua y decenas de miles de hogares sin electricidad. En Estación Central —curiosamente, el lugar hacia donde me llevaba el tren— el viento había arrancado techumbres y hecho volar planchas metálicas. La Dirección Meteorológica de Chile terminaría clasificando preliminarmente aquello como un tornado EF0.

Mis clases de 19:00 a 22:00 fueron suspendidas. Así que hice lo que hicieron miles: intentar llegar a casa. El Metro estaba desbordado de gente y desorden, las calles conservaban las cicatrices de la tarde y, cuando finalmente llegué, tampoco había luz.

Pero mi regreso es probablemente lo menos interesante de esta historia.

Lo interesante ocurrió sobre nuestras cabezas.

Una tormenta que necesitó muy poco tiempo

La lluvia no llegó exactamente sin aviso. La Dirección Meteorológica había advertido condiciones de inestabilidad, tormentas eléctricas, probabilidad de granizos y rachas fuertes de viento para la Región Metropolitana. Incluso se habían estimado entre 10 y 24 milímetros de precipitación para sectores del valle y la precordillera.

Lo difícil de anticipar con precisión no era tanto que fuese a llover, sino qué haría una determinada nube una vez que comenzara a desarrollarse sobre la cuenca de Santiago.

El meteorólogo de la DMC Elio Brufort (a quién venía escuchando en Radio Cooperativa) explicaba que la capital estaba bajo una situación de inestabilidad posfrontal. Alrededor del mediodía la temperatura se acercó a los 20 °C y ese calentamiento proporcionó energía a una atmósfera que ya estaba preparada para reaccionar. El aire ascendió rápidamente, crecieron grandes nubes convectivas y aparecieron casi juntos los cuatro ingredientes de la tarde: chubascos muy intensos, actividad eléctrica, granizo y fuertes movimientos verticales del aire.

Es una de las paradojas bonitas de la meteorología: hizo falta cierto calor para que termináramos rodeados de hielo.

En una tormenta convectiva, las corrientes ascendentes pueden levantar gotas de agua hacia zonas de la nube donde la temperatura está muy por debajo de cero. Se congelan, vuelven a subir, acumulan nuevas capas de hielo y finalmente caen cuando pesan demasiado para que la corriente las sostenga. Cuanto más vigorosa es la circulación vertical, mejores son las condiciones para producir granizo.

Y vigor no faltó. En Quinta Normal la temperatura descendió unos nueve grados en apenas treinta minutos y la estación registró cerca de diez milímetros de lluvia en sólo diecisiete minutos. En distintos puntos de la Región Metropolitana cayeron entre 10 y 25 milímetros en menos de tres horas.

Eso ayuda a entender por qué hablar simplemente de “20 milímetros de lluvia” puede resultar engañoso. Veinte milímetros distribuidos durante un día son una cosa. Una porción importante de ellos cayendo casi de golpe sobre calles impermeabilizadas, colectores exigidos y pasos deprimidos es otra completamente distinta.

La ciudad no se inundó necesariamente porque hubiese caído una cantidad de agua inimaginable. Se inundó porque parte de ella cayó a una velocidad extraordinaria.

Y entonces apareció un tornado

Alrededor de las 16:30, en Estación Central, ocurrió lo verdaderamente excepcional.

Los primeros análisis de la Dirección Meteorológica clasificaron el fenómeno como un posible tornado EF0, la categoría más baja de la escala Fujita Mejorada, con vientos estimados entre 105 y 137 kilómetros por hora. La clasificación sigue siendo preliminar porque se realiza estudiando los daños, videos, trayectoria y otras evidencias disponibles.

EF0 suena casi tranquilizador hasta que uno recuerda que estamos hablando de viento suficiente para arrancar parte de un techo y convertir una plancha metálica en un objeto volador.

Más curiosa todavía es la perspectiva histórica.

Durante mucho tiempo los tornados fueron considerados en Chile casi como un fenómeno extranjero, algo perteneciente a Oklahoma y a las películas norteamericanas. No es cierto. Investigadores chilenos han reconstruido numerosos episodios desde tiempos coloniales, especialmente entre la zona central y el sur.

Santiago, sin embargo, tiene muy pocos antecedentes.

El anterior tornado documentado en la capital ocurrió el 14 de mayo de 1893, en el sector de Conchalí(Que antes era más grande que la que conocemos hoy). El episodio fue descrito ese mismo año por Alphonse Noguès en una publicación de la Société Scientifique du Chili. El torbellino habría tenido apenas 25 a 35 metros de diámetro, derribó pilares de mampostería, quebró árboles y lanzó una reja de madera a unos cien metros. Cuentan que una mujer tuvo que sujetarse de una reja para no ser arrastrada. Investigadores del CR2(Centro de Ciencia del Clima y la Resiliencia) recuperaron aquel relato más de un siglo después.

Así que el pequeño tornado que se formó mientras yo volvía tranquilamente en tren no era imposible.

Sólo llevaba más de un siglo sin aparecer de manera documentada en Santiago.

Octubre dejó de comportarse como octubre

Hay otro número que ayuda a comprender la rareza de estas semanas.

El récord de precipitaciones para un octubre en Santiago databa de 1930: 102,2 milímetros. El 9 de este mes ya habían caído 91,6. Después de la tormenta del martes, los registros de Quinta Normal superaron los 100 milímetros y Meteored reportó que octubre de 2026 había pasado a convertirse en el más lluvioso de la serie histórica de la capital. Y todavía estamos a mitad de mes.

Cinco días antes, además, otro episodio de precipitación había provocado un aluvión en el sector de San Carlos de Apoquindo.

Separados, cada uno de estos acontecimientos puede explicarse meteorológicamente. Juntos empiezan a formar una primavera extraña.

Y aquí aparece inevitablemente El Niño.

El Niño carga los dados

Decir que “El Niño produjo la tormenta del martes” sería demasiado simple.

El Niño no funciona como un interruptor que enciende tormentas sobre Santiago. Es mejor imaginarlo cargando los dados antes de lanzarlos.

Durante El Niño, las aguas del Pacífico ecuatorial se encuentran anormalmente cálidas. Esto modifica enormes patrones de circulación atmosférica a miles de kilómetros de distancia. Para Chile central, entre sus efectos habituales están el debilitamiento del anticiclón del Pacífico, configuraciones atmosféricas que facilitan la llegada de sistemas frontales y una mayor disponibilidad de humedad sobre el océano.

El CR2(Centro de Ciencia del Clima y la Resiliencia) ha mostrado que los años de El Niño tienden a ser más lluviosos en Santiago y que, aunque las tormentas extremas pueden ocurrir bajo cualquier fase del ciclo ENSO, su probabilidad aumenta durante episodios cálidos. Hay, sin embargo, una enorme dispersión: El Niño favorece ciertas condiciones, pero nunca garantiza un temporal determinado. CR2

El de 2026 no es además un Niño discreto. Los modelos internacionales proyectan que continuará intensificándose hacia fines de año y probablemente persistirá durante comienzos de 2027. La propia Dirección Meteorológica ha evitado el más cinematográfico nombre de “Niño Godzilla” —no existe semejante categoría científica— aunque reconoce que estamos ante un episodio potencialmente fuerte o muy fuerte.

Esto tampoco significa que debamos comprar un bote para enero.

El clima estacional no funciona así.

Lo que podría venir

La última proyección estacional de la Dirección Meteorológica para octubre, noviembre y diciembre mantiene a buena parte de Chile central, incluida la Región Metropolitana, con una mayor probabilidad de recibir precipitaciones por sobre lo normal. Desde el interior de Coquimbo hasta Los Ríos, al mismo tiempo, las temperaturas máximas promedio tenderían a situarse bajo sus valores normales.

Hay una frase de esas proyecciones que conviene conservar: un pronóstico estacional describe el promedio de tres meses; no puede decirnos si el martes 17 de noviembre a las cuatro de la tarde habrá una tormenta sobre Ñuñoa.

Mucho menos puede anunciar otro tornado.

De hecho, ni siquiera un Niño extremadamente intenso convierte automáticamente el verano de Santiago en una estación lluviosa. Nuestra climatología mediterránea continúa existiendo. Lo que sí parece acompañarnos durante el final de la primavera y el comienzo del verano es una atmósfera extraordinariamente activa, con abundante humedad disponible y episodios que merecerán ser observados con bastante más atención que en un año normal.

También está el cambio climático, naturalmente. Una atmósfera más cálida puede contener más vapor de agua y proporcionar más energía a determinados fenómenos extremos. Pero atribuir este tornado concreto o esta tormenta concreta al calentamiento global requeriría un estudio específico. El Niño, el calentamiento de largo plazo, la configuración sinóptica de ese día y la geografía particular de Santiago son piezas distintas de un mecanismo bastante más complejo que cualquier titular.

Tal vez eso sea lo más inquietante de aquella tarde.

No que Santiago haya entrado en una nueva época de tornados. No existe evidencia para afirmar semejante cosa.

Sino que lo excepcional parece haber encontrado más de una manera de presentarse.

Ayer salí de Yerbas Buenas después de pasar unos días con mis padres y me subí a un tren a las 13:50. Durante buena parte del trayecto no ocurrió absolutamente nada. El campo pasó por la ventana con esa indiferencia habitual del paisaje. Yo pensaba en llegar a Santiago, hacer clases y terminar un martes cualquiera.

Mientras tanto, a unos cientos de kilómetros, una masa de aire comenzaba a ascender sobre la ciudad.

Unas horas después había calles inundadas, granizo amontonado junto a las veredas, estaciones de Metro colapsadas, más de cuarenta mil hogares que en algún momento de la tarde estuvieron sin suministro eléctrico y un tornado arrancando techumbres en Estación Central.

Mis clases desaparecieron del horario y terminé llegando a una casa a oscuras.

No fue una gran peripecia, vista en perspectiva. Apenas el viaje de vuelta.

La peripecia verdadera la tuvo la atmósfera.

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