Hace algunos meses escribí en este blog sobre la extraña lluvia que cayó sobre Ñuñoa durante la noche del 6 de noviembre de 2025. Aquella vez, mientras buena parte de Santiago apenas recibía agua, sobre Ñuñoa, La Reina y Peñalolén se descargó una tormenta extraordinariamente localizada que dejó calles inundadas, pasos bajo nivel anegados y registros de precipitación difíciles de asociar con la imagen habitual que tenemos de la lluvia santiaguina.
No sería un episodio aislado
Menos de tres meses después, el sábado 31 de enero de 2026, ocurrió algo notablemente parecido al otro extremo de la ciudad. Esta vez fue Maipú la comuna que quedó bajo una nube capaz de convertir, en cosa de minutos, calles y avenidas en verdaderos cursos de agua.
La Dirección Meteorológica de Chile reconstruyó posteriormente el episodio y lo clasificó como una tormenta severa asociada a una baja segregada, el mismo tipo general de configuración atmosférica que había estado detrás del episodio de noviembre. La baja se encontraba sobre la zona central y generó una atmósfera muy inestable, con abundante humedad y aire frío en altura. Sobre la Región Metropolitana se desarrollaron grandes nubes cumulonimbus, con granizo, descargas eléctricas y precipitaciones muy intensas.
Pero en Maipú apareció un ingrediente adicional: la DMC identificó un microburst, una corriente de aire que desciende violentamente desde una nube de tormenta y, al alcanzar el suelo, se expande horizontalmente. Es un fenómeno pequeño en extensión y breve en duración, pero puede producir viento y precipitaciones de enorme intensidad sobre un área muy reducida. La consecuencia fue lo que los meteorólogos denominan un flash flood: una inundación repentina cuya velocidad de desarrollo deja muy poco tiempo para reaccionar.
Una enorme cantidad de agua en muy poco tiempo
Una de las estaciones más útiles para reconstruir lo sucedido se encuentra precisamente en Maipú. La estación Rinconada U. de Chile registró 17,4 milímetros de precipitación entre las 18:00 y las 19:00 horas. Puede parecer una cifra modesta si se la compara con un temporal invernal que dura uno o dos días, pero aquí la clave no fue el total, sino la velocidad con que cayó.
El Centro de Cambio Global de la Universidad Católica analizó estos registros y los comparó con las curvas de Intensidad-Duración-Frecuencia utilizadas en hidrología. Para una estación de referencia como Pudahuel, una precipitación de esa magnitud en una hora corresponde aproximadamente a un evento con un período de retorno de 30 a 35 años. Más llamativo aún: en casi diez años de datos disponibles en Rinconada nunca se había registrado anteriormente una hora con una intensidad superior a 15 mm durante el verano.
La Dirección Meteorológica estimó que durante esa jornada los sectores de Maipú y Calera de Tango recibieron del orden de 15 a 25 milímetros, mientras otras partes de Santiago recibieron mucho menos. En Quinta Normal, por ejemplo, el registro diario del 31 de enero fue de apenas 3,7 mm. Nuevamente aparece el mismo rasgo que había resultado tan llamativo en noviembre: dentro de una misma ciudad pueden coexistir una tormenta extraordinaria y una lluvia casi insignificante separadas por pocos kilómetros.
Cuando la lluvia encuentra una ciudad vulnerable
La meteorología, sin embargo, explica solamente una parte del desastre.
El agua inundó viviendas, desbordó el canal Santa Marta y transformó sectores de Camino a Melipilla en cauces improvisados. El catastro manejado por Senapred y el municipio llegó inicialmente a unas 1.100 viviendas afectadas. Un análisis posterior del Centro de Gobierno de la Municipalidad de Maipú apuntó directamente a una deficiencia histórica de la red de evacuación de aguas lluvias: zonas extensas del poniente de la comuna carecen de una red suficiente de colectores primarios y secundarios.
El problema tiene además una dimensión geográfica. Sectores como Pehuén, El Abrazo, Los Héroes y Templo Votivo se encuentran próximos a canales y en áreas donde el agua tiende a acumularse. Según el análisis municipal, la Ruta 78, construida a una cota superior a algunas áreas residenciales, puede actuar en determinados sectores como una barrera que dificulta la evacuación del agua. Una lluvia excepcional cayó, por tanto, sobre un territorio especialmente sensible a recibirla.
CIGIDEN utilizó posteriormente la emergencia de Maipú como caso de estudio para sus cursos de gestión de riesgos. Una de las conclusiones surgidas de esa experiencia fue precisamente que una emergencia no depende únicamente del fenómeno natural. La infraestructura disponible, las rutas cortadas, los sistemas de información, la capacidad municipal de desplegar personal y la coordinación entre instituciones pueden cambiar radicalmente sus consecuencias.
Maipú y Ñuñoa: dos tormentas parientes
Volver entonces a lo ocurrido en Ñuñoa el 6 de noviembre resulta inevitable.
El análisis realizado entonces por René Garreaud para el Centro de Ciencia del Clima y la Resiliencia mostró una tormenta extremadamente localizada. En algunos puntos del sector oriente se acumularon hasta 50 o 55 mm, mientras gran parte de la cuenca de Santiago registraba cantidades mucho menores. En la estación Holanda 23, en Ñuñoa, el máximo acumulado alcanzó 30 mm en una hora, con intensidades de cinco minutos equivalentes momentáneamente a unos 60 mm/h.
Desde el punto de vista estrictamente pluviométrico, aquel núcleo de Ñuñoa fue incluso más intenso que lo registrado una hora completa en la estación Rinconada de Maipú.
Pero el parecido entre ambos episodios va bastante más allá de los milímetros.
La tormenta de noviembre tampoco fue un frente invernal ni estuvo asociada a un río atmosférico. El CR2 identificó una baja segregada con aire muy frío en altura, capaz de producir fuerte inestabilidad y generar núcleos convectivos sobre puntos específicos de la cuenca. Hubo también granizos, actividad eléctrica y enormes diferencias de precipitación entre comunas vecinas.
Es decir, los acontecimientos de Ñuñoa y Maipú pueden considerarse meteorológicamente miembros de una misma familia: bajas segregadas capaces de generar tormentas convectivas pequeñas, violentas y extraordinariamente localizadas sobre Santiago.
No fueron, sin embargo, tormentas idénticas.
La de Ñuñoa ocurrió hacia el final de la primavera, con temperaturas cercanas a 10 °C durante parte importante de la precipitación y con una influencia importante del ascenso provocado por la cordillera. La de Maipú ocurrió en pleno verano, después de una tarde cálida —la máxima diaria en Rinconada alcanzó 25,3 °C— y desarrolló una célula convectiva capaz de producir un microburst. La combinación de aire cálido cerca del suelo y aire mucho más frío en altura favoreció una atmósfera especialmente inestable.
Es una diferencia importante: el mecanismo general fue similar, pero la forma concreta que tomó la convección no fue exactamente la misma.
El problema de medir lo extraordinario
Hay otro elemento que une ambos casos y que probablemente será cada vez más importante para estudiar las lluvias de Santiago.
Los pluviómetros tradicionales funcionan muy bien cuando un frente invernal cubre buena parte de la ciudad. Una estación puede representar razonablemente lo que está ocurriendo en una superficie relativamente grande. Las tormentas convectivas son distintas. Una nube de pocos kilómetros de ancho puede descargar una enorme cantidad de agua sobre un barrio mientras, diez kilómetros más allá, prácticamente no llueve.
Garreaud ya advertía de este problema después del episodio de Ñuñoa. Aplicar directamente las estadísticas de una estación a tormentas convectivas puede hacer parecer extremadamente raro un fenómeno que quizá ocurre con mayor frecuencia dentro de la cuenca, pero simplemente no cae encima de un pluviómetro. De allí la importancia creciente de redes densas de estaciones, observaciones satelitales y mediciones en intervalos de pocos minutos.
Maipú volvió a demostrarlo. Algunas reconstrucciones de la emergencia hablan de cantidades cercanas a 50 mm en menos de una hora, mientras que la estación instrumental de Rinconada registró 17,4 mm en su hora más intensa. No necesariamente una cifra invalida a la otra: pueden estar describiendo lugares diferentes dentro de una tormenta cuya distribución espacial fue extraordinariamente irregular. Lo importante es evitar mezclarlas como si procedieran del mismo instrumento y el mismo punto.
¿Es esto cambio climático?
La respuesta requiere más cuidado que un simple sí o no.
El informe del Centro de Cambio Global UC sitúa explícitamente el episodio dentro del problema de la adaptación al cambio climático. Existe evidencia de cambios en los patrones de precipitación y, aunque Chile central ha experimentado una disminución de sus lluvias totales durante las últimas décadas, eso no significa que hayan desaparecido los episodios de precipitación extremadamente intensa. Una región puede hacerse más seca en promedio y, al mismo tiempo, seguir experimentando lluvias concentradas capaces de producir graves inundaciones.
Eso es distinto de afirmar que el cambio climático «causó» la tormenta de Maipú o la de Ñuñoa. Para establecer algo así se necesitaría un estudio específico de atribución. Lo que sí permiten afirmar estos antecedentes es que ambos episodios representan precisamente el tipo de evento que obliga a reconsiderar cómo medimos el riesgo: lluvias breves, intensas, espacialmente pequeñas y ocurridas fuera del período en que Santiago tradicionalmente espera sus grandes precipitaciones.
Dos advertencias en menos de tres meses
Vistas por separado, la tormenta de Ñuñoa de noviembre de 2025 y la de Maipú de enero de 2026 pueden parecer rarezas meteorológicas.
Puestas una junto a la otra, resultan más interesantes.
En menos de tres meses dos sectores muy distintos de Santiago experimentaron precipitaciones convectivas extraordinariamente localizadas asociadas a bajas segregadas. En Ñuñoa, una estación acumuló 30 mm en una hora. En Maipú, una tormenta de verano produjo un microburst, una inundación repentina y daños en centenares de viviendas.
No significa necesariamente que Santiago esté entrando en una era de tormentas tropicales ni que estos fenómenos vayan a repetirse todos los años. Sí indica que la estadística basada exclusivamente en las tradicionales lluvias frontales de invierno describe cada vez peor algunos de los riesgos que enfrenta la ciudad.
Y aparece además una pregunta que después de Ñuñoa ya parecía importante y que Maipú vuelve mucho más difícil de ignorar: ¿están nuestros colectores, pasos bajo nivel, canales y sistemas de alerta preparados no para la cantidad de lluvia que Santiago recibe normalmente en un día, sino para la cantidad que una pequeña nube puede descargar sobre unas pocas calles en veinte o treinta minutos?
Probablemente allí esté la verdadera conexión entre los dos episodios.
No solamente en las nubes que los produjeron, sino en la ciudad que encontraron debajo.




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